Lemuria

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Mapa que muestra a Lemuria y su mayor extensión, en "La historia del continente pérdido de la Atlántida y la Lemuria", de W. Scott Elliot. Los mapas de este libro se basaron en los originales que el teósofo Charles W. Leadbeater había estudiado en los retiros de los maestros.
Mapa que muestra a Lemuria en un período posterior, de "La historia del continente pérdido de la Atlántida y la Lemuria". Según Scott-Elliot, una serie de cataclismos precedieron al hundimiento final del continente.
Mapa que muestra la extensión más grande de la Atlántida y un continente lemuriano más pequeño en lo que ahora es el Océano Pacífico, de "La historia del continente pérdido de la Atlántida y la Lemuria".
Mapa de Lemuria de "El continente perdido de Mu", por James Churchward (1927). Este mapa, basado en la lectura de textos antiguos de Churchward, muestra como era el continente de Lemuria antes de su destrucción final.

Mu, o Lemuria, era el continente perdido del Pacífico que, según el descubrimiento de James Churchward, arqueólogo y autor de El continente perdido de Mu, se extendía desde el norte de Hawái a tres mil millas al sur, hacia la isla de Pascua y las islas Fiyi y estaba constituido por tres áreas de tierra que medían más de cinco mil millas de oriente a poniente.

La historia que relata Churchward de la antigua Tierra Madre está basada en los registros escritos en tablillas sagradas que asegura haber descubierto en la India. Con la ayuda de un sacerdote de un templo hindú, descifró dichas tablillas. Durante cincuenta años de investigación confirmó su contenido comparando con otros textos, inscripciones y leyendas que descubrió en el Sudeste de Asia, en Yucatán, Centroamérica, las islas del Pacífico, México, Norteamérica, el antiguo Egipto y otras civilizaciones. Él calcula que Mu fue destruido aproximadamente hace doce mil años, por el derrumbamiento de las cámaras de gas que sostenían al continente.

La cultura de la Madre

El culto a la Madre, destinado a adquirir relevancia en el siglo XX, fue la base de la civilización de Lemuria, el continente perdido que se hundió bajo el Océano Pacífico hace muchos miles de años140. La evolución de la vida en la madre Tierra y sus colonias representó el impulso inicial del Espíritu en la Materia en este planeta. Aquí, donde las primeras razas raíz completaron los ciclos de su plan divino durante no una, sino varias eras doradas que alcanzaron su apogeo antes de la Caída del Hombre, el rayo masculino (las espirales descendentes del Espíritu) se plasmaba a través del rayo femenino (las espirales ascendentes de la Materia) en el mundo de la forma.

En el templo principal de Mu, la llama de la Madre Divina era venerada como la coordinadora de la llama del Padre Divino concentrada en la Ciudad Dorada del Sol. Perpetuando los antiguos rituales de invocación del Logos y la entonación de sonidos y mantras sagrados de la Palabra, sacerdotes y sacerdotisas del fuego sagrado sostenían el equilibrio de las fuerzas cósmicas a favor de las oleadas de vida del planeta. Se establecieron réplicas del templo y su foco llameante por todas las colonias remotas de Mu, como santuarios de la conciencia virginal, creando con ello un arco de luz entre la tierra y el sol, anclado en la llama de abajo y en la llama de arriba, que transmitía las energías del Logos necesarias para la precipitación de la forma y la sustancia en los planos de la Materia.

Mucho más allá de nuestros exiguos logros, los grandes avances tecnológicos realizados durante siglos de continua cultura en Mu surgieron gracias a una sintonía[1] universal con la Madre Divina, cuya conciencia abarca las leyes que gobiernan toda manifestación en el plano terrenal. Los logros en todos los ámbitos por parte de un pueblo dedicado al plan de Dios que se ha revelado por medio del Ojo Omnividente muestran cuán alto una civilización puede elevarse cuando se honra la llama de la Madre y se adora en cada corazón y se guarda y expande en los santuarios dedicados a su nombre. Se ve a las claras que la caída del hombre del estado de gracia fue, en realidad, la consecuencia de abandonar el culto a la Madre y abusar de las energías del átomo simiente concentrado en el chakra de la base de la columna, que ancla la luz de la llama de la Madre en el cuerpo físico.

La caída del hombre en Lemuria

La caída de Mu, por consiguiente, fue el resultado directo de la Caída del hombre, que alcanzó su punto más bajo con la profanación de los santuarios de la Virgen Cósmica. Esto se produjo gradualmente al comprometer el Principio, separarse del Espíritu Santo y perder la visión, que es la consecuencia inevitable. Cegados por la ambición y la egolatría, los sacerdotes y sacerdotisas dejaron de mantener las llamas; al renunciar a sus promesas, abandonaron la práctica de esos rituales sagrados que habían permanecido intactos durante miles de años, si bien los ángeles sagrados mantienen perpetua vigilancia de la llama espontánea que arde sobre el altar del Dios Altísimo.

La adoración de la Madre Luna, la Gran Ramera mencionada en el Libro del Apocalipsis[2] sustituyó a la adoración de la Madre Sol, la Mujer a quien Juan vio «vestida del sol, con la luna debajo sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas»[3]. Un cristal negro hecho de plomo y piedra se convirtió en el foco de la perversión del rayo de la Madre y en el símbolo de una nueva religión. Uno tras otro, los círculos internos de las órdenes del templo fueron profanados por medio de la práctica diabólica de magia negra y la adoración fálica enseñada por los luciferinos, hasta que una teología completamente falsa extinguió los patrones prístinos del Culto a la Madre.

La vida en el continente de Mu fue corrompida aún más por los extraterrestres y ángeles caídos con sus grotescas creaciones genéticas, burlándose de la Deidad y violando la sagrada ciencia de la Madre, involucrando a los hombres en guerras de los dioses.

El hundimiento de Lemuria

Al poco tiempo, los habitantes de Mu oyeron los primeros rumores de cataclismo. Los altares de las colonias más remotas fueron los primeros en caer. Cuando los satanistas ocuparon las últimas fortalezas —los doce templos en torno al templo principal—, el impulso de luz invocada por los fieles restantes no fue suficiente para sostener el equilibrio a favor del continente.

Por tanto, Mu se hundió al final por el peso total de la Oscuridad que sus hijos habían invocado, a la cual, dado que sus actos eran malignos, habían llegado a amar más que a la Luz. Sucumbió en una masa horrenda de fuego volcánico y lava explosiva, y los focos de la llama que habían sostenido un poderoso pueblo y una poderosa civilización dejaron de existir. ¡Lo que se había tardado cientos de miles de años en erigir se destruyó en un intervalo cósmico!: los logros de una civilización entera, perdidos en el olvido, la evolución espiritual-material del hombre, despojada de su recuerdo externo.

La pérdida de la llama de la Madre

Aunque ese cataclismo fue devastador para millones de almas, la destrucción del foco de la llama de la Madre que había resplandecido en el altar del templo principal —un fuego vivificante, la insignia de la Divinidad de cada hombre convertida en algo tangible como Arriba, así abajo— tuvo mayores consecuencias. Por desgracia, la antorcha que se había transmitido se dejó caer. Las estrategias de los caídos, que habían trabajado día y noche con un celo fanático, lograron su fin: la llama de la Madre se extinguió en el plano físico.

Por un tiempo pareció como si la Oscuridad hubiera envuelto completamente a la Luz. Al contemplar la deserción de la raza humana, los consejos cósmicos votaron disolver el planeta cuyos habitantes habían abandonado a su Dios; y este habría sido su destino si Sanat Kumara no hubiera intercedido ofreciendo exiliarse de Venus para mantener la llama en beneficio de la humanidad y sostener el equilibrio de la Luz para la Tierra hasta el momento en el que la humanidad retornara a la religión pura y sin mácula[4] de sus ancestros.

Aunque el foco físico de la llama de la Madre se perdió cuando Mu se hundió, el rayo femenino ha sido venerado en el plano etérico por el Dios y la Diosa Merú en su templo en el Lago Titicaca.

Paraíso perdido

Las almas que perecieron con la Madre Tierra reencarnaron en una tierra desnuda. Tras haber perdido su paraíso, vagaron por las arenas cuyos átomos tenían grabado el edicto del SEÑOR Dios: «Maldita será la tierra por tu causa…»[5]. Al no poseer ningún recuerdo de su estado previo y ningún lazo con él, ya que carecían de la Llama, regresaron a una existencia primitiva. A causa de la desobediencia a las leyes de Dios, perdieron el derecho a la automaestría, su derecho a señorear y su conocimiento de la Presencia YO SOY. Su llama trina se redujo a una mera llama vacilante y las luces en sus templos corporales se apagaron[6].

El hombre, que dejó de plasmarse en la imagen de Cristo, se convirtió en una especie (Homo sapiens), un animal entre otros animales, y su potencial divino quedó sellado durante mil días de historia cósmica. Así comenzó la tortuosa travesía de la evolución que condujo a la civilización a su nivel actual y que está destinada a culminar en una era dorada de maestría crística y de plena realización divina.

Véase también

Era de oro

Para más información

Para obtener más enseñanzas sobre Lemuria y su caída, véase Mark L. Prophet y Elizabeth Clare Prophet, El sendero del Yo Superior, pp. 60–78, 411–14.

Véase también James Churchward, The Lost Continent of Mu (El Continente pérdido de Mu) (1931; reimpresión, New York: Paperback Library Edition, 1968).

H. P. Blavatsky, "The Secret Doctrine" (La Doctrina Secreta), Vols. I y II, (Pasadena, Ca.: Theosophical University Press, 1888, 1963), consulte el índice para obtener referencias para Lemuria.

Notas

Perlas de Sabiduría, vol. 31, núm. 26, 12 de junio de 1988.

Mark L. Prophet y Elizabeth Clare Prophet, El sendero del Yo Superior, pp. 477–80.

  1. Juego de palabras entre las expresiones en inglés at-one-ment (asimilada a attunement —sintonía—) y atonement —expiación—.
  2. Apocalipsis 17:1.
  3. Apocalipsis 12:1.
  4. Stg 1:27.
  5. Génesis 3:17.
  6. Los focos de la llama en los chakras fueron retirados al corazón y los Elohim asumieron la responsabilidad del funcionamiento natural de los chakras: la distribución de luz a los cuatro cuerpos inferiores.